Why I Was Never a Riot Grrrl


Traducció de Core Tres del article de LAINA DAWES publicat el 15 de març de 2013 a Bitch Media (http://bitchmagazine.org/post/why-i-was-never-a-riot-grrl).

Hace un par de años vi un discurso de la la ex-cantante de Bikini Kill, Kathleen Hanna, en Nueva York, justo antes de que donara sus archivos musicales a la  New York University’s Fales Library. Me llamó la atención por su ingenio mordaz y por esa actitud suya de “todo me la suda”. Cuando yo era una adolescente durante la época grunge y Riot Grrrl, por alguna razón, estaba -en ese momento- más atraída por las bandas de grunge y metal hipermasculinas y saturadas de testosterona, y no me llamaba tanto lo que estaba pasando al otro lado de la escena. Pero como lo que contaba Hanna me resultó intrigante, le di una oportunidad al documental The Punk Singer, una de las películas señaladas del Festival de Toronto.

En menos de diez minutos de la película, me di cuenta de que me había equivocado enormemente.

Bueno, en realidad, tan pronto como vi a la blogera de moda de 17 años Tavi Gevinson elucubrando sobre una época en la que ni siquiera estaba viva para haber podido presenciar, supe que  no iba a ser capaz de ver el documental dejando a un lado mis prejuicios por la edad que tengo y, lo más importante, por mi origen étnico como mujer negra.

Viendo The Punk Singer, me di cuenta de por qué nunca había estado atraída por la escena Riot Grrrl: No era para mí. Era para mujeres blancas.

En The Punk Singer, mujeres a las que admiro muchísimo, como Joan Jett, Corin Tucker, Kim Gordon y Lynn Breed de Tribe 8, alababan el coraje y la tenacidad de Hanna. Y la gran persona que es. Pero la película es un retrato simplista donde los defectos tanto del fenómeno Riot Grrl como de Hanna no se analizan.

La película cuenta la interesante historia de cómo Hanna se involucró en la escena musical: Hanna siempre supo que ella era un artista, pero el asalto brutal a una amiga cercana la llevó a convertirse primero en una artista del spoken word*. Alguien le sugirió que conseguiría más atención si estuviera en un grupo de rock; Bikini Kill fue fundada en la personalidad de Hanna, su poderosa voz, y -aunque nadie parecía querer mencionar lo evidente- su belleza. Es una mujer de las que quitan la respiración, tanto de adolescente como ahora de adulta. Yo diría que fue su atractivo físico lo que ayudó a su música a conseguir la atención mainstream. Hay gente que señala en la película que algunas mujeres en aquél momento (y aún ahora) tuvieron recelos por la exhibición del cuerpo de Hanna en el escenario, argumentos que Hanna rechaza por ser anti-feministas.

Hanna apunta brevemente en el documental que solía trabajar como stripper. Más adelante en la película, aparece en imágenes de archivo de una mesa redonda en la que participó, culpando a los medios de comunicación de haberla acusado de ser stripper. Cuando ser una bailarina de striptease no es nada de lo que avergonzarse, se lo apropia. En cuanto a la mesa redonda, acusa a las mujeres periodistas de ser condescendientes y parecer sorprendidas de que "las mujeres estén haciendo algo así otras mujeres". Una reacción rancia e  ingenua y un gran ejemplo de su tendencia a mirarse el ombligo: Una mujer que trabaja de stripper se está quitando la ropa para el disfrute (principalmente) masculino. Puede que para las mujeres que nunca hayan sido strippers suponga un abismo entender cómo una mujer autoproclamada feminista estaría dispuesta a ponerse en una posición en la que está a la merced financiera de un hombre.

Aunque yo no lo sabía hasta después de ver la película, ha habido mucho revuelo con el tema de  mujeres punk que trabajan como strippers. Mimi
Thi Nguyen  toma nota del debate en su ensayo "Riot Grrrl, Race and Revival” en la revista teórica feminista Women & Performance: "Ese 'pasar de puntillas' de algunas mujeres del punk por la industria del sexo altera negativamente los estándares de belleza y clase social (debido al acceso permanente a los servicios de salud, por ejemplo) que otras cuya supervivencia depende de una economía subterránea deben acomodar a partir de entonces".

Ahora recuerdo por qué nunca me sentí interesada en formar parte de la escena Riot Grrrl. La película muestra fragmentos de imágenes de jóvenes mujeres blancas en esa época, diciendo que el Riot Grrrl era una escena en la que ellas no tenían que luchar en el pogo, ni donde había hombres que las sexualizaran por estar en un concierto. Para mí, yo estaba en el pogo, siendo golpeada porque como persona, no como mujer, yo quería estar donde estaba la acción, e incluso en ese momento sabía que los aliados, sin importar el género, eran pocos y distantes. Así que se trataba solo de mí. También me acordé de tener más miedo de ser asaltada por ser negra que por ser una mujer joven. Yo habría casi rezado por ser vista como una mujer de ese entonces, pero mi etnia sobrepasaba mi género.

En Women & Performance, Nguyen escribe que ciertas formas de rebelión que realizan las mujeres blancas son traducidas de manera diferente cuando se filtran a través de una lente racial. 

"Por ejemplo, las mujeres de color se asombraban con aquellas que escribían "PUTA'' en sus estómagos operaba como reclamo contra la pasividad sexual femenina, cuando los racismos ya habían inscrito esos términos en algunos cuerpos, y las mujeres pobres argumentaban que las feministas “bajaban” a la industria del sexo (a través del striptease, en su mayor parte), como un acto de confrontación que implica que otras mujeres en este u otros niveles de la industria estaban de otra forma sometiéndose al patriarcado ".

Recuerdo claramente que las mujeres blancas de en la escena punk eran capaces de ser tan excluyentes e intolerantes como lo eran los hombres, y entre las mujeres de raza blanca que sabía que se identificaron como feministas, tenía una fuerte sensación de que mostraban poca o ninguna preocupación por cómo la etnia conformó mis experiencias como mujer diferentes a las suyas. No había conocimiento, y lo más importante, no había interés ... A no ser que se tratara de Rebecca Walker*, que estaba en la edad adecuada, en la clase correcta, y lo más importante, no "demasiado cabreada” como para molestarles o desafiar sus nociones idealizadas acerca de cómo funciona el mundo. Si mis ideas diferían de las suyas, suponía que estaba equivocada y ¿Quién estaba en lo cierto?

Dada la ausencia de las mujeres de color en The Punk Singer, no caben los reparos, y desde la lectura del ensayo de Nguyen, este tema no es nada nuevo: Este documental ha sido la última muestra de una mujer usando su privilegio social para incursionarse en una subcultura, y a pesar de que ella al final del documental está felizmente casada y tiene una familia e insiste en que su ideología feminista sigue siendo firme, tuvo la opción de una vida cómoda que muchas otras -por ejemplo, las mujeres de color que se desnudan para sobrevivir- no pueden tener.

Además de esto, una de las entrevistadas en The Punk Singer, la cantante Jennifer Baumgardner, proclama un poco de historia revisionista feminista: “Esas feministas tan lejanas como las del siglo XVIII fueron de alguna manera responsables de la promoción de la igualdad racial en la época de los Derechos Civiles. En los EEUU la emancipación de la esclavitud fue vista como una herramienta para las organizaciones de mujeres para reforzar sus propios derechos y no hubo activismo específico para liberar a las mujeres negras de los abusos físicos y sexuales que cometían los dueños de esclavxs. “

Esta declaración ofensiva cimentó lo que me había molestado de la escena Riot Grrrl: estas activistas crearon un movimiento que era sólo identificable para ellas y no habían pensado en la posibilidad de la inclusión de las mujeres de color. Se esperaba que estuviésemos agradecidas de que lucharan por nosotras porque compartíamos las mismas partes femeninas. Eso no era -y sigue sin ser- el caso.

En términos de proporcionar una narrativa histórica de la escena Riot Grrl, The Punk Singer  hace un trabajo adecuado, sin embargo, es precipitado para una película de 80 minutos. ¿Está siendo Hanna icónica? Para algunas personas, sin duda lo es. Especialmente para aquellxs que no quieren profundizar demasiado en la película, o para las mujeres jóvenes sanas heterosexuales blancas como Gevinson que idealizan claramente esa época y están en busca de un icono. Pero yo no lo veo.

Laina Dawes es es crítica musical i cultural a Toronto. A més escriu articles d'opinió i columnes per diversos medis i recientement va publicar el llibre WHAT ARE YOU DOING HERE? A Black Woman’s Life and Liberation in Heavy Metal (QUÈ FAS AQUÍ? Vida i liberació d'una dona negre al Heavy Metal). 

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